House of the Dead
(2003). Uwe Boll. Estados Unidos-Alemania-Canadá. 90 minutos
Seamos claros, el espectador que se enfrenta a House of the Dead sabe, ha de saber, exactamente lo que tiene ante sus ojos: el traslado a la imagen cinematográfica de un videojuego, de un videojuego de SEGA. Aquí no se engaña a nadie. El director Uwe Boll, mestizo, berrendo y burraco en sus aires fílmicos de Lucio Fulci y de Bava (de Lamberto, no de Mario), utiliza la textura, la cuadratura, hasta la cámara subjetiva propias de un videojuego mientras sus personajes (y nosotros, claro está) se dedican al siempre noble ejercicio de descubrir, desenterrar, destripar, descabezar, defenestrar, descoyuntar, destrozar, desmadejar, desmembrar, desovar (con perdón), desalar y desmantelar colonias enteras de zombis que, como es habitual en ellos, no son capaces de la menor estrategia defensiva.