| Seamos
claros, el espectador que se enfrenta a House of the Dead
sabe, ha de saber, exactamente lo que tiene ante sus ojos: el traslado
a la imagen cinematográfica de un videojuego, de un videojuego
de SEGA. Aquí no se engaña a nadie. El director Uwe Boll,
mestizo, berrendo y burraco en sus aires fílmicos de Lucio Fulci
y de Bava (de Lamberto, no de Mario), utiliza la textura, la cuadratura,
hasta la cámara subjetiva propias de un videojuego mientras sus
personajes (y nosotros, claro está) se dedican al siempre noble
ejercicio de descubrir, desenterrar, destripar, descabezar, defenestrar,
descoyuntar, destrozar, desmadejar, desmembrar, desovar (con perdón),
desalar y desmantelar colonias enteras de zombis que, como es habitual
en ellos, no son capaces de la menor estrategia defensiva. |